Para Alex Acero,
dueña de su universo:
Ella quería un poeta.
Quería un poeta que la escribiera a ella y para ella. Quería que aun que no fuera su chico ideal supiera apreciar los pequeños detalles que el resto de mortales no eran capaces de apreciar con tanta precisión.
Ella quería un poeta y, lo peor, es que no está loca.
Quería leer poemas o parrafadas que su poeta le escribía cada noche o cada madrugada. Quería ver como alguien era capaz de redactar, de forma casi tan real, sus rasgos más bonitos y cómo hacer de sus defectos nicotina de una manera única. De una manera propia que le distinguiera de los demás.
(Lo que no sabía es lo mal que lo pasamos los poetas,
las vueltas de más que le damos a la cabeza
para escribir sobre nuestros problemas
con cierta delicadeza.)
Si lo supiera no querría un poeta.
Se conformaría con cualquiera de esos chicos a los que les disloca la mandíbula y que también hacen poesía, por que la poesía no solo es escrita. Y no es que se conformara, es que lo preferiría para no imaginar como desgastan su cabeza buscando las palabras en medio de un caos provocado por ella antes de escribir cosas que realmente la hagan pensar y conocerse tanto a ella como a su poeta.
También hay poesía en las miradas, en las caricias, en los suspiros, en las fotografías y en cualquier lado.
Pero esa poeta que no escribía quería un poeta que la escribiera.
Ella no quería un poeta.
Lo que ella quería, en realidad, es sentirse valorada, sentirse única, sentirse observada, querida y odiada y no un chico que lo pase terriblente mal por ella.
Que ella sea su poeta y que se escriba
lo que nadie en el planeta ha sido capaz.
Que lo escriba desde su perspectiva,
desde su limitada libertad.
Ay, amiga, ¿y tú quieres un poeta?
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