De camino a su casa yo me hacía el loco
y ella se hacía la loca.
La loca que esperaba al loco
pero que no tiene nada de tonta.
No pensábamos en arropar las almas
que nosotros mismos,
el uno al otro,
nos desvestíamos.
No queríamos pensar en nada
pero nada es el aire que nos separa,
no queríamos pensar en cómo iba a acabar
mi visita a su casa.
Pero fue entrar por la puerta y verla tan guapa
como no la había visto nunca.
Y ella me miró.
Sabe dios en lo que pensó cuando me miró.
Nuestras barreras de seguridad
no aguantaron en pié más de dos suspiros;
Menos de dos miradas fijas a los ojos.
Y menos mal.
Su casa era un búnker vacío pero lleno,
la cueva de dos lobos que se tienen miedo,
el punto de encuentro de los que,
sin pensar, prefieren librar su propia batalla.
Una batalla que se llevaba disputando desde hace tiempo,
desde que ambos nos tenemos en mente.
Una guerra caliente, no como en Rusia
sino como las de su cuarto, con tanto calor como en África.
Más que una batalla es un duelo
porque sólo somos dos
y no sabemos quién aguantará más
tras otro sofoco en el colchón.
Un duelo donde su piel es mi piel
y no distingo mis movimientos de los suyos.
Es un duelo bonito.
Un duelo en el que los dos ganamos
cuando nos perdemos
por hacernos trozos
y nos arreglamos con más duelos
uno tras otro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario