Se va a dormir y ya no me queda nada. Nada.
Nada que no sea esperar compartir la misma cama.
Nada que no sea soñarla o, mejor que eso;
Dormirla.
¿Qué hay mejor que dormirla
después de tener sexo,
después de hacernos el amor como si fuera
el último bote al que aferrarnos a la vida?
Pues nada,
nada más que una cama pequeña
y el calor que la pueda ofrecer
y la almohada de su vientre que me ofrece ella.
Y descansar,
cerrar los ojos.
Las manos donde quepan
y también donde no.
Que den igual si se ven las estrellas
o si sale o se esconde el Sol
por que primero somos nosotros
y estamos descansándonos el uno al otro.
Solo me queda dormirla,
dejarla agotada
para que duerma bien,
para que me sueñe ella si es posible.
Si no tiene pesadillas y estoy a su lado
sabe que no tiene nada que temer,
sabe que mis ojos azules son su piscina
donde se da los baños que tanto me gustan.
Ahora que duerma, que descanse,
que me lea y sepa que es ella,
que piense en qué pienso antes de dormir
y que piense en mí cuando quiera.
Pero que descanse cuando consiga dormir
y que me ofrezca lo que una cama
(grande y vacía)
no me ofrecía.
Y si me tengo que despertar algún día
que sea ella despertándome como quiera.
Que me sorprenda.
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