domingo, 3 de agosto de 2014

Sin ti, los conciertos, no tienen gracia.

Noche. Fiesta. Amigos.
Ambiente desolado hasta que
mis ojos
se cruzaron con los tuyos

y arrasaron con todo.
Sin dejar en pie ninguna de las torres
en las que escondíamos los miedos.
Yo los míos, tú los tuyos.

Mis ojos azules con un poco de amarillo.
Tus ojos marrones que quitan el aliento.
Cruce.
Fusión.
Desconcierto.

Concierto de tu pelo, concierto de tus piernas.
Confío en tu tono moreno pero tengo miedo
por si te vas.
Vuelve.
Mírame.
La música no suena sin ti.

La música se siente mejor
cuando veo a tu boca moverse al son
de la letra de otra canción de rock.

Cuando creo que ya he visto suficiente
descuido las estrellas por tus lunares
colocados en tu barbilla,
tus mejillas.

Tus ojos brillan, la luna pasa desapercibida.
Tu chaqueta vaquera atada a tus caderas
se mueve al compás de tus rodillas.
Que le jodan a la bebida.

Sácame de ese entorno de borrachos y locos
y llévame a tomar el aire
o a robármelo
cuando ya ni me lo espere.

Cuando hayamos tenido bastante
cógeme de la mano o del hombro
y llévame otra vez a ese entorno
que, ahora, ya puede empezar el baile.

Tus amigos miran. Los míos confían.
Confían en que sepa besarte
cuando acabe la canción de Extemoduro.
Se me acabaron los minutos.

Te vas. Me dejas.
Es tarde pero tú no eres Cenicienta
y no sé a que esperas para insinuarte, aun más,
de lo que lo han hecho tus piernas.

Necesito un voto de confianza
para mirarte a esos ojos que desalientan
y besar tu boca,
dejarte claro que quiero que seas mía
y que, sin ti, los conciertos no tienen gracia.

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