miércoles, 20 de mayo de 2015

Julio.

Eras una niña con la piel fría
pero un corazón de estufa
que derretía todas tus inseguridades.
Será por eso que te sentía llorar tanto.

Te recuerdo ya como se recuerda una película,
como se recuerdan a los sueños extraños,
como se recuerdan las fiestas en las que nos drogamos:
con partes en blanco
que pudimos haber escrito en nuestra memoria.

Te recuerdo con lagunas.
Te recuerdo y se me hace lejano, extraño.
Lo que viví contigo
es como una historia que me contaron de niño
y ahora resbala por el tobogán de mi recuerdo
cayendo de rodillas
con una sonrisa en el suelo de mi nostalgia.

Deja que te limpie los raspones,
que te bese las ganas de más,
que seque las lágrimas vacías,
que te aparte el pelo de la boca
y lo deje reposar tras esas orejas
donde se perdieron tantas mentiras que te dije
sin poder nunca mirarte a los ojos.

Sé que no te has merecido
que llegara tantas veces y apartara tu muro,
sin más,
ese que te pasaste casi dos años construyendo
desde la primera vez que le fui infiel a mis promesas.
Se puede decir, en parte, que yo coloqué la primera piedra.

Pero siempre has sabido que soy débil
como yo he sabido que eras demasiada buena
con todo en general, con todo lo que querías.
Aún recuerdo tus sábanas
y tu pared llena de fotos de tus amigas,
la mesilla donde dejábamos los condones
y tu mesa frente la ventana donde te veía estudiar
antes de selectividad.

Por entonces yo tenía 16 y tú 17.
Aún me quedaban traiciones por clavarte,
miradas que esquivarte,
mensajes por no responderte
y, lo más jodido,
veces que regresaría a ti
requiriéndome a mi mismo
un poco de amor propio
que solo conseguía contigo.

Puede que necesitara fuego,
chispazos,
sentir gotas de aceite que saltan de la sartén
cuando cocinaba de mala manera si venías a casa.
Puede que necesitara que me hicieran daño
para saber valorar
lo que tantas veces, después de hacerte daño a ti,
he sabido que necesitaba.

Y necesitaba volver a ese verano de hace ya muchos años
aunque no sea para estar a tu lado
si no para reencontrarme con mi mejor versión,
mi parte de niño menos mentiroso,
más feliz,
más risueño,
más simpático,
menos septiembre,
más agosto sin ti,
más julio a tu lado.

Fuiste la lección más sabia que me he dado:
aceptar la estabilidad
aún queriendo desnudar otros cuerpos
por el calor del verano
y la necesidad de sentirme cálido

en mi invierno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario