sábado, 16 de mayo de 2015

Velocidad.

Hay ciertas cosas que me hacen pequeño.
Cosas que me encojen el corazón,
que me contraen la felicidad,
que me erizan la piel
pero para mal.

Suelen ser las cosas que me dan miedo.
Ese miedo de cuando crees que todo va bien,
tan bien,
que no te las terminas de creer.
Así, por ejemplo,
como pasa en los mitos
en los que todo pinta bonito
pero acaba en desgracia
cuando menos te lo esperas.

Cuando siento ese miedo
de ir a toda velocidad,
no sobre tu carretera,
si no contigo
e ir tan rápido que no podemos apreciar el paisaje
y perdemos de vista los carteles que nos sitúan
y perdemos los desvíos hacia las ciudades más bonitas
de toda España.
El miedo es cuando, en un ataque de cordura
pienso en que todo acaba
y ya no estamos en el centro, en Madrid,
si no que huele a playa
y la carretera puede acabar en cualquier momento
en el borde de un acantilado
en el que no nos dé tiempo a frenar.

Entonces es cuando paramos a repostar
por primera vez
y yo pido habitación en un motel.

Tú, extrañada, me preguntas si estoy cansado.
La respuesta es que no
aunque nunca te responda.
Nunca puedo estar cansado a tu lado.

Entonces ese miedo
se va apoderando de mi cerebro,
porque del corazón ya se ha adueñado,
y hace mis sentimientos pesados
y feos
como cuando se estrella un petrolero
y las aves que emigran no pueden alzar el vuelo
con tanto petróleo negro
sobre sus alas.

Pero ahí estás tú
de manera voluntaria
para lavarme de toda esta mierda
y recordarme que tu presencia
y la presencia de tu sonrisa
es la que realente se apodera de mi cerebro
porque de mi corazón ya eres dueña.

Pero, vida,
quiero que sepas
que no es fácil conseguirlo.

Porque en los momentos en los que el miedo acecha
yo me siento como un niño
que tiene vergüenza
y se esconde tras las piernas de su padre
cuando le dicen que tiene los ojos
verdaderamente bonitos.

Y puede que mis ojos sean bonitos
pero la gracia está en cuando te reflejas en ellos.

Me siento como un niño
con miedo a la oscuridad
y está solo
en su cuarto
y solo escucha la tormenta
que va más por dentro
que por fuera.

Entonces me refugio por completo bajo mis sábanas
y cierro los ojos
mientras pienso en cosas bonitas;
mientras pienso en ti.

Sé que no tiene sentido cubrirse la cabeza
y echar el telón de mis párpados
ya que solo pierdo noción de la mínima luz tras la rendija de mi persiana
provocada por una farola (que no ilumina tanto como tu risa)
cuando a lo que temo es a la oscuridad.

Me siento como una marioneta con la que han jugado
y un día alguien llega
y me corta los hilos
para sacarme a bailar.

Tengo mucho miedo a muchas cosas
pero entonces tú no me dejas dormir en el motel
y me dices
con tu mirada anclada a la mía
que meta la llave
y encienda los motores
pero que esto
no es ninguna carrera.


No hay comentarios:

Publicar un comentario