miércoles, 24 de junio de 2015

De otra sangre.

Es una tormenta de arena en el Polo Norte.
Es un valiente,
un cabezaalta,
un orgulloso —para bien y para mal—,
demasiado inteligente
y sólo hace las cosas
si tiene una buena motivación.
Y para que algo le motive
tiene que ser de una autorealización
del tamaño de Europa,
de un bien del que pueda presumir
dando envidia a los que le pusieron trabas en su camino a ciegas
o simplemente para los que dudaron de su talento y tozudez.

Algo así es mi mejor amigo.
No le encuentro pegas.
Será que le miro con buenos ojos
cuando los realmente buenos son los suyos
acaparando un auténtico caos de colores
perfectamente organizado:
           tiene el color de los bosques
                      visto desde una cámara cenital
                      situada en cualquier helicóptero capaz de sobrevolora
                      —que no sobrevalorar— su mirada,
           el gris de los días nublados
                      en los que no puede quedarse encerrado en casa
                      sin nada que hacer
                      y siempre halla maneras para expresarse,
           se ven manchas del barro
                      que deja al mojar de ilusiones
                      los recintos cercados de la desesperanza.

Por mucho que quiera
nunca podré describir la explosión de su iris
porque, como él,
cada día es diferente
sin dejar de ser el mismo.

Mi mejor amigo es mi mejor amigo
para poder llamarlo de alguna manera.
Nunca me han gustado las etiquetas
—eso es algo que me contagió—.
Pero podría llamarle de mil maneras diferentes
sin ajustarse nunca a la definición que tengo
de él cuando le pienso.
           Mi mejor amigo es
           mi amor más que correspondido,
           mi camarada,
           mi compañero de remo,
           mi rival en karate,
           mi profesor sin voluntario,
           mi alumno favorito
           al que me agrada poder enseñar algo.

           Es mi compañero de clase,
           mi colega de bus,
           mi diccionario de polaco sin abrir,
           mi trago de aliento
           cuando las chicas que llegaron a mí
           se acaban yendo y me quedo solo,
           mi Sol de Agosto desde Septiembre
           hasta que al frío le salga de los huevos emigrar
           y, que cuando toma el billete de vuelta,
           mi Sol se convierte en brisa
           que pasa sin llamar a la puerta
           cuando el ventilador que hace bailar
           mis sueños por cumplir
           sufre un sobrecalentamiento.

           Mi mejor amigo es
                      mi hermano de otra sangre,
                      la mejor elección de mi vida.

Con él puedo contar antes que con cualquiera
pues no hace falta que le reclame
y ya está en busca de soluciones.

Con él puedo desayunar,
comer y cenar
sin cansarme de los macarrones
ni quejarme de que se han quedado fríos.
Qué más da.

Con él puedo ir a cualquier terraza de Madrid
pedir dos jarras de cerveza fría
y, una vez entonados, poner sobre la mesa
cualquier tema, de los que siempre aprendo
con él:
           Ya sea del asco que nos da,
           en ciertas ocasiones, este país,
           de lo precioso que es
           y de que el turismo
           sigue siendo de los mejores del mundo,
           de que lo echaríamos de menos si nos fuéramos.
           Podemos hablar de política
           escogiendo la cultura y la igualdad
           como valores primarios
           sin olvidar ser algo diestros en el asunto.
           De lo que vamos a hablar,
           o, más bien, va a hablar él,
           es de cine. Su apasionado cine.
           Normal que se enfade si este año
           ninguno de los grandes estrena
           pero no olvides que tú estrenas película
           cada vez que te veo dirigir en este teatro que es la vida.

No recuerdo con exactitud cuánto hace desde que nos conocemos,
yo diría que unos nueve años,
y la verdad que nunca hemos discutido.
Contigo sólo lo he pasado mal
cuando me he dado cuenta
de que no daba la talla
para vestir al completo tus necesidades
y cuando encontré debajo de la nevera
el botón que se le cayó a mi lealtad.

El otro día,
supongo que lo recordarás,
me preguntaste el porqué le escribo a tanta puta
—porque de ella comprendes que es normal que haga poesía—,
porqué a tanta amiga descarriada,
a tantos problemas de chiste,
a tanta guerra perdida,
a tantas cosas sin a penas valor
y no a ti.

Bien, compañero,
yo no te he escrito poemas
porque tú eres cien mil poemas enganchados a tu cuerpo
formando, lo que algunos, llaman alma.
Yo tengo que añadir que, la tuya,
es una biblioteca que no huele a polvo
pero tiene aroma a historias que contar.

Yo nunca te he escrito un poema
porque eres mi mayor crítico.
Eres el único jurado
al que me importa agradar,
al único
al que me importa que me crea.

Eres para mí
           todo lo que he escrito
                       y todo lo que no seré capaz
                                  de llegar a explicar a nadie.

Eres tú,
           no te hace falta ser más.


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