sábado, 6 de junio de 2015

Reina

Te visto con los cardos más secos del final de un verano
en el que nunca ha llovido.
Te aparto el pelo de la cara y te coloco, con mimo,
una corona de espinas
con los tallos de las rosas que nunca te regalé.

¡Ay, estás sangrando!
Que no, tú no me sangres, me decías.

Ahora estás sangrando tú
y, sinceramente, no me das lástima
ni me lastimas
y decido acariciarte con la yema de mis dedos
que ya no recuerdan los valles de tu vientre
todas las heridas que te acabo de provocar.

¿Escuece?
Entonces lo estoy haciendo bien:
estoy consiguiendo que escueza
sin que cure.

Te veo tiritar
con esas vestimentas de reina que te acabo de pintar,
tranquila, yo te arropo, ven aquí y te pongo
este jersey lleno de pelotillas por fuera
y de rabia por dentro
que pica como un demonio
porque lo he cosido especialmente para ti
con todo el rencor que te he ido guardando.
Fíjate si pica.

Se me olvidaba. Una reina no puede ir andando con unas Vans rotas.
Tengo unos zapatos perfectos para ti.
Son unas sandalias de esparto.
Te las coloco con cuidado y puedo ver en tu cara
que ya has encontrado las piedras que he dejado dentro,
las mismas que me tirabas a los ojos cuando querías que llorara,
las mismas que ponías en mi comida cuando envidiabas la comida,
las mismas que echabas en mi vaso de agua para que me arañase la garganta
y gritase con más necesidad tu nombre.

No son tacones de cristal
pero no quisiera Cenicienta sufrir como estás sufriendo tú.

Ahora corre, vuelve a casa y échate a llorar sin quitarte nada.
Cuando el agua salada que emana de tu dolor
intente sanar cada una de tus heridas
y no lo consiga, entonces, reina
sabrás como me has hecho sentir
cada día.


No hay comentarios:

Publicar un comentario