martes, 30 de septiembre de 2014

Siestas y calcetines.

Probemos a tener suerte,
probemos a vivir independiente
el uno del otro,

a seguir nuestro camino,
el mismo que dejamos
al encontrarnos
para dormir bajo el olivo.

¡Y qué buenas las aceitunas
y que siestas tan siestas!

Pero probemos a buscar nuestro lugar
separados como calcetines que pierden su pareja
y acaban conjuntados con otros
en los días que se sale con prisas de casa.

La verdad es que ya hemos probado
y hemos vivido un zigzag en paralelo
hasta que de tanto acelerar y girar
la cabeza se me separó del cuello.

Y tú no querías un cuerpo que no pensara
ni una cabeza sin cuerpo
cuando la cordura, irónicamente,
es lo único que nos separa.

La nostalgia se nos escapa algunas noches
como se escapan los bostezos
o como escapan los adolescentes para ir a fiestas
y va del uno al otro destapando recuerdos
y, ¡qué buenas las aceitunas
y qué siestas tan siestas!

A veces, por la nostalgia, casi volvemos a fundirnos
pero el calor de nuestras gargantas arde en nuestro cuerpo
de chillar, gemir, llorar, comernos,
fumar, toser y al fin y al cabo
no tragarnos.

Y es que pienso que somos como el yin y el yang:
Totalmente opuestos, que se pueden separar
pero nunca para siempre; siempre tendrán
un huequecito, un pedazo escaso ganado
el uno del otro.

Mejor dejémonos de experimentos,
de probar cosas imposibles;
empecemos a aceptarnos
y a dormir las siestas con otros calcetines.

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