Hay personas insignificantes
como el terremoto de Madrid
de hace dos días.
Otras, en cambio, son más importantes
que las propias heridas.
Todo eso partiendo del punto de vista de cada persona.
Hay personas que no les dan importancia a las heridas.
Hay otras, como yo, que se basan en ellas
para completar cualquier acción metafísica.
Heridas para levantarse de la cama,
heridas para trabajar sin perder la cabeza,
heridas para comer y cenar,
heridas para no salir de fiesta
y quedarse en casa levantando costras
para poder escribir con su propia sangre.
Tengo la necesidad de heridas.
Y para que haya heridas
antes tiene que haber armas.
Mis preferidas son las de las mujeres.
Son el arma blanca más delicada,
elegante,
tajante
y limpia.
Yo ya tengo heridas de diferentes profundidades,
diferentes tipos de cortes,
de golpes, de caricias, quemaduras,
desgarramientos… Balas perdidas.
Las bala perdida son las peores.
Vas caminando por la calle y pueden rebotarte
directamente en la frente
sin comerlo ni beberlo.
Y acaban contigo.
Nadie me mandó meterme en un tiroteo
pero tampoco nadie me avisó de que ahora
se dispara con las miradas
y ni las gafas de sol dan el alto al fuego.
Pero, ¿morí acribillado?
No.
No morí
pero sí fui acribillado.
Acribillado de inspiración:
por curvas,
por sombras,
tonalidades,
texturas,
movimientos
y, sobre todo,
inspirado por heridas.
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