Puede que la culpa sea mía
por hacerme ilusiones
de pensar que tú eras la chica
después de que deshilaras mi jersey de seguridad
y desabrocharas mis botones de conformismo.
Puede que después de una relación tóxica
de la que ya me había desintoxicado
en la asociación de corazones masocas
haya visto en un frasco pequeño como tú
los mejores olores
pero con restos de veneno
en sus rincones más escondidos.
Yo llamo veneno al miedo,
al vértigo,
a todo lo que me echa para atrás,
a la frustración de cuando no estás,
a la impotencia de no poder hacer que tengas unas buenas noches
y las ganas de dejar de quererme a mi mismo.
Veneno que yo mismo inyecté con la jeringa
más larga
y puntiaguda
de todo el contenedor de los ochenta
como quién necesita sentir el cielo por unos segundos
aunque sepa que va a tardar todavía menos
en caer.
Si ves que me chuto demasiado de tu aroma
y hay riesgo de contraer veneno
no pido que te evapores por mí
para que no pueda continuar haciéndolo
solo te pido que te eches a un lado
para cuando me de la hostia
después de tocar el cielo.

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