No me regales libros de poesía.
No limpies las lágrimas
que se pierden por mis mejillas
decididas en una caída libre.
No me invites a cerveza.
No confíes en mí
los secretos más deteriorados
que guardes en tu tórax de recuerdos.
No hagas que calce,
de manera orgullosa, unas ojeras
por haber pasado otra noche en vela
a tu lado.
No recojas mi chaqueta de cuero
cuando casi la vuelva a perder.
No me muerdas el labio
como si no quisieras morder otra carne.
No me ofrezcas fuego
cuando alguna fulana me haya picado el mechero.
No me hagas sentir mejor persona.
No hagas que caiga abatido en la cama
—indiferentemente de si es en la tuya o en la mía—
después de haber hecho el amor
con la intensidad
del que folla con odio.
No le hables bien a tus amigas
de este tipo que parece que te quiere más
de lo que nunca creyó poder hacer.
No me hagas escribir con tanta facilidad.
No me digas que me echas de menos
cuando ni me ha dado tiempo a bajar
las escaleras del metro
ni a ti a doblar la esquina.
No me llenes la bañera de poemas
y luego me digas que se te han arrugado los dedos.
No te maquilles.
No te pongas vestidos cortos.
No te me desnudes cuando estemos solos.
Sólo mírame a los ojos
y silencia los ruidos que emiten
las dudas de mi interior
con un “sí, quiero”
que no suene a compromiso.
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